Para los indígenas rarámuri, el cine es como un “ave gigante” capaz de llevar su canto alrededor del mundo, cuenta este lunes a EFE el director mexicano Federico Ceccheti en una entrevista sobre ‘Jíkuri’, la primera ficción que reimagina el viaje del poeta francés Antonin Artaud a la Sierra Tarahumara (Chihuahua, norte) en 1936.
Entre sueños que anuncian la muerte, hombres con tres almas y un poeta que habría perdido la suya, la película reconstruye el emblemático recorrido del escritor a partir de los saberes de los propios rarámuri, con quienes Ceccheti construyó y transformó el guion.
El director afirma que “la hipótesis de la película” se basa en la explicación del ‘sipame’ (o chamán) de la comunidad, Don Felipe Fuentes, de que “Artaud se enloqueció en la sierra porque no siguió las reglas de la danza del ‘jíkuri’ (o peyote)”.
Esta danza es una ceremonia sagrada de curación que puede durar varios días y noches, y debe ser realizada tres veces por los hombres y cuatro por las mujeres, una por cada alma, explica Ceccheti.
Pero Artaud “ni siquiera conocía” las condiciones del ritual y, “como consecuencia de ese desconocimiento, perdió su alma” y terminó internado en un hospital psiquiátrico en Francia, agrega el cineasta.
Ceccheti señala que para la cultura rarámuri participar en esta danza es como “entrar en un sueño”, un “terreno” o “portal” donde las almas pueden encontrarse y viajar.

Un espíritu ‘caprichoso’
En la película, los sueños también entrelazan a Artaud con el otro protagonista, Rayénari, un corredor rarámuri que a través del mundo onírico lo ayuda a recuperar su alma.
“Los sueños son los que hacen este entrelazamiento entre los dos universos y para los dos universos tienen mucha importancia los sueños”, dice Ceccheti, en referencia tanto a la cosmovisión rarámuri como al surrealismo, movimiento del que formó parte Artaud.
Para construir un “lenguaje común” con la comunidad, el director recurrió a su vez al universo onírico y a la interpretación compartida de lo que soñaban.
Ceccheti recuerda además que, durante un taller de actuación, los propios participantes rarámuri formularon una definición del cine que terminó guiando el proyecto.
“Para ellos el cine es como un ave gigante que vuela alrededor del mundo para llevar el canto de los rarámuri. Entonces, bajo esta definición de lo que para ellos es el cine, hicimos el trabajo”, relata.
La comunidad, asegura el director, estaba “muy feliz de compartir su cultura” y ellos mismos alentaron el proyecto como una forma de acercar a las nuevas generaciones a tradiciones que ven en riesgo de desaparecer, como la danza del peyote.

Según el cineasta, esa voluntad de compartir convirtió el filme en un “encuentro de mundos” marcado por el aprendizaje mutuo, lejos de la apropiación cultural.
El personaje de Rayénari, añade Ceccheti, se construyó a partir de experiencias de José Cruz Apachoachi, quien lo interpreta y es corredor en la vida real.
Tanto su experiencia en las carreras de bola, en las que los participantes patean esferas de madera durante horas, como su relación con el ‘jíkuri’, acabaron formando parte de la historia, señala.
El director recuerda que José tenía cierta curiosidad por el peyote, pero a la vez “se resistía” porque en la comunidad es vista como “una cosa sagrada, pero a la vez prohibida y peligrosa”.
Esa misma cautela, agrega, aparece en Rayénari, quien -a diferencia de Artaud- “se resiste” a participar en la ceremonia, ya que para los rarámuri el peyote es “un espíritu muy poderoso y muy caprichoso”.
“Incluso yo me atrevería a decir que el 95 % de la Sierra Tarahumara le tiene miedo o respeto al jíkuri y, en realidad, solo es una micro región de la zona donde todavía se mantiene esta práctica, que ya prácticamente está casi extinta”, indica.

