Entreguerras 4ta parte: El mantenimiento de la guerra / Por Lucía Deblock

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Entreguerras es una serie de ensayos que observa los procesos de redistribución del poder que ocurren mientras la atención pública está concentrada en los conflictos armados. Entreguerras nace de la observación de los fenómenos que se suceden entre los dos enfrentamientos bélicos que hoy concentran buena parte de la atención internacional. Por un lado, de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán; por el otro, la guerra entre la OTAN, la Unión Europea y Ucrania frente a Rusia.

El espíritu que guía este trabajo es observar la diversidad de cambios económicos, energéticos, tecnológicos, financieros y geopolíticos que comienzan a surgir alrededor de ambos conflictos y que, desde mi perspectiva, merecen ser examinados con mayor atención, debido a que la presencia de nuevos factores y la manera en que se potencian o neutralizan entre sí, parece capaz de desplazar los centros de gravedad que hasta hace poco regían un modelo geopolítico de decisiones más o menos conocido.

Notas sobre infografías y material gráfico

Las infografías y visualizaciones que acompañan esta serie fueron elaboradas específicamente para la investigación Entreguerras. No constituyen reproducciones de gráficos existentes, sino representaciones analíticas construidas a partir de la integración, organización e interpretación de la información contenida en las fuentes documentales citadas a lo largo del texto.

Su propósito es facilitar la comprensión de relaciones, procesos y tendencias que, aunque documentados en las fuentes originales, no suelen presentarse de manera integrada. Cada infografía forma parte del marco analítico de esta investigación y debe leerse como un recurso complementario al desarrollo argumental del ensayo.

Las fuentes utilizadas para la elaboración de cada visualización se encuentran referidas en el cuerpo del texto y serán incorporadas, al final de cada entrega, en la sección Fuentes y materiales de consulta.

Enlace a la primera entrega:

Enlace a la segunda entrega: 

Enlace a la tercera entrega:

Enlace a la cuarta entrega:

  1. La reorganización del tablero

Taiwán ha construido buena parte de su valor estratégico alrededor de los semiconductores, pero esa capacidad industrial descansa sobre una vulnerabilidad elemental: importa más del 95% de la energía que consume y una parte sustancial de su petróleo procede del Golfo Pérsico. La isla que ocupa un lugar central en la competencia tecnológica entre China y Estados Unidos depende, para mantener funcionando su economía, de una región situada a miles de kilómetros.

Y así volvemos al mismo cuello de botella: el Golfo Pérsico.

Arabia Saudita ya había aparecido en estas páginas. Riad estuvo en el Foro Económico Internacional de San Petersburgo mientras profundizaba una estrategia de diversificación que rebasa el petróleo y alcanza sus relaciones comerciales, financieras y políticas. Pero ahora está haciendo algo diferente. La diversificación empieza a extenderse también al terreno de la seguridad y la defensa.

Arabia Saudita dio un paso más con la firma de un acuerdo de defensa conjunta con Turquía y Pakistán, una asociación que parte de la prensa ha comenzado a llamar “OTAN suní”. La denominación no es oficial, pero sirve para describir una de sus características centrales: una agresión contra cualquiera de sus integrantes será considerada una agresión contra los demás.

La pertenencia a este mecanismo no obliga a sus integrantes a romper o sustituir sus alianzas militares y acuerdos de seguridad anteriores. Turquía continúa siendo miembro de la OTAN, Pakistán conserva sus propias relaciones estratégicas y Arabia Saudita mantiene sus vínculos de defensa con Estados Unidos. La diferencia está en la composición de esta nueva estructura: ninguno de esos vínculos impide que los tres países organicen entre sí un mecanismo de defensa colectiva del que Estados Unidos e Israel quedan fuera.

El 7 de agosto, Arabia Saudita, Turquía y Pakistán firmaron el Acuerdo de Defensa Conjunta de La Meca (MJDA, por sus siglas en inglés), una alianza militar que parte de un principio semejante al Artículo 5 de la OTAN: un ataque armado contra cualquiera de sus integrantes será considerado un ataque contra los tres.

El acuerdo va más allá de esa garantía de defensa colectiva. Establece mecanismos permanentes de coordinación política y militar entre los ministros de Defensa y Relaciones Exteriores y los máximos mandos de las fuerzas armadas de los tres países. Contempla además ejercicios militares conjuntos de fuerzas terrestres, navales y aéreas, así como cooperación en defensa antiaérea y sistemas no tripulados.

Uno de sus componentes más importantes está en la industria militar. El MJDA contempla no sólo la compra y suministro de armamento entre sus integrantes, sino el desarrollo y la producción conjunta, transferencia y cooperación tecnológica, además de mantenimiento y apoyo logístico. Entre las áreas prioritarias aparecen los sistemas autónomos y no tripulados, la guerra electrónica y la inteligencia artificial.

El movimiento ocurre mientras la seguridad de la península arábiga se reorganiza también sobre el terreno. Al norte, Omán negocia directamente con Irán la administración del tránsito por el estrecho de Ormuz: las rutas de entrada y salida, las condiciones para la navegación y el eventual cobro de tarifas. Al sur, los hutíes de Yemen han declarado un bloqueo contra la navegación saudí por el mar Rojo, amenazando con atacar a los buques que utilicen sus puertos y presionando el tránsito por Bab el-Mandeb.

Arabia Saudita queda así entre dos pasos marítimos sometidos simultáneamente a nuevas condiciones: Ormuz, cuya navegación se negocia con Irán, y Bab el-Mandeb, donde los hutíes intentan impedir el tránsito de los buques vinculados con el reino.

Arabia Saudita, sin embargo, ya había comenzado a moverse en otra dirección. En marzo de 2023, a instancias de China y después de varios días de negociaciones en Pekín, Riad y Teherán acordaron restablecer sus relaciones diplomáticas, interrumpidas desde 2016, y recuperar los acuerdos de cooperación y seguridad firmados entre ambos países en 1998 y 2001. China no apareció entonces solamente como socio comercial o comprador de petróleo: se sentó a la mesa con las dos principales potencias rivales del Golfo y consiguió que volvieran a sentarse entre ellas.

Tres años después, con la guerra contra Irán y la navegación por Ormuz y el mar Rojo bajo presión, los Estados árabes del Golfo volvieron a mirar hacia Pekín. A finales de julio, Reuters reportó que buscaban que China utilizara su relación económica y política con Teherán para contener la escalada y facilitar la recuperación del tránsito marítimo. Casi al mismo tiempo, Omán presentó a Irán, con el respaldo de países del Golfo, una propuesta para reorganizar la navegación por Ormuz, incluidas las rutas de entrada y salida y un esquema de aportaciones por servicios de navegación y seguridad. China comenzaba a aparecer nuevamente como articulador entre actores que, aun enfrentados, necesitaban seguir compartiendo el mismo espacio.

Pero esa articulación diplomática convive con el enfrentamiento militar. A finales de julio, Arabia Saudita y Estados Unidos bombardearon posiciones de milicias vinculadas con Irán dentro de Irak, a las que responsabilizaron de una serie de ataques con drones contra instalaciones petroleras saudíes. Riad, que mantiene abiertas sus relaciones diplomáticas con Teherán y participa en una nueva arquitectura regional de defensa, respondía así militarmente en uno de los principales espacios de influencia iraní.

Irak, sin embargo, es mucho más que otro frente de esta guerra. Su posición geográfica lo convierte en una posible salida terrestre del Golfo hacia el Mediterráneo y Europa y, al mismo tiempo, en uno de los puntos donde se cruzan intereses chinos, estadounidenses y euroasiáticos. Desde su territorio se proyectan dos rutas terrestres capaces de modificar las actuales vías de circulación de energía y mercancías: una desde el puerto de Al-Faw, a través de Irak y Turquía, hacia Europa; otra desde Irak, atravesando Siria, hasta el Mediterráneo.

Pero ¿con qué se sostiene militarmente el nuevo tablero?

2. ¿Quién abastece las guerras?

La reorganización del tablero plantea otro problema. Las alianzas pueden modificarse, pueden abrirse nuevas rutas y construirse mecanismos distintos de seguridad, pero las guerras necesitan ser abastecidas. Y conforme se multiplican y prolongan los conflictos, la pregunta deja de ser solamente quién tiene las armas: ¿quién está abasteciendo las guerras y quién tiene capacidad industrial para ampliar ese abastecimiento?

No existe una base de datos capaz de responder con precisión esa pregunta. Los inventarios, las reservas estratégicas, la capacidad máxima de producción y los ritmos de reposición forman parte de la información confidencial de la industria militar y de la seguridad nacional de los Estados. Buena parte de las cifras disponibles son parciales o estimaciones y tampoco permiten observar con la misma precisión la producción doméstica de drones, componentes, municiones y otros sistemas desarrollados durante las propias guerras.

En lugar de intentar medir lo que los Estados no revelan, podemos observar las huellas que deja la expansión de su industria: construcción o ampliación de plantas, recuperación de capacidad industrial, incorporación de maquinaria y trabajadores, aumento de los ritmos de producción y, en los países que participan directamente en los conflictos, la manera en que la experiencia del campo de batalla regresa a las fábricas y modifica lo que producen. No permite establecer quién posee el arsenal más grande, pero sí observar quién está ampliando su capacidad para sostener una guerra y de qué manera lo está haciendo.

Rusia

Rusia ofrece uno de los ejemplos más claros de adaptación industrial a una guerra prolongada. Desde 2022 ha ampliado la producción de misiles, municiones y drones, recuperado capacidad heredada de la Unión Soviética e incorporado maquinaria y trabajadores; parte de su industria militar opera en varios turnos y de manera continua. Pero la transformación no consiste solamente en producir más. La guerra ha conectado el campo de batalla con las fábricas: drones, sistemas de guerra electrónica, municiones y formas de ataque se prueban, modifican y regresan al frente en nuevas versiones. Rusia utiliza así la propia guerra para ampliar y transformar la industria que la sostiene.

Ucrania

Ucrania partió de una posición distinta. Desde 2022 construyó una nueva capacidad industrial mientras combatía, con una red de fabricantes privados particularmente fuerte en drones y sistemas no tripulados. La capacidad declarada de su industria de defensa pasó de alrededor de 1,000 millones de dólares en 2022 a 35,000 millones en 2025. Como Rusia, conectó directamente el campo de batalla con la industria: fabricantes y operadores prueban los sistemas en combate, detectan vulnerabilidades, los modifican y regresan nuevas versiones al frente. La diferencia es que una parte importante de esa capacidad industrial ucraniana nació y creció durante la propia guerra.

Irán

Irán es un caso más difícil de medir. Parte de su infraestructura militar está dispersa, fortificada o instalada bajo tierra, por lo que no existe información pública suficiente para determinar su capacidad real de producción. Lo que sí puede observarse es un proceso de aprendizaje que rebasa sus fronteras. Irán transfirió a Rusia diseños, tecnología y conocimiento para producir drones de la familia Shahed; Rusia los fabricó a gran escala y los modificó a partir de su utilización en Ucrania, mientras nuevas tecnologías iraníes también han sido probadas en ese campo de batalla. A esa experiencia se suma la obtenida directamente por Teherán en la guerra de los 13 días y en el conflicto actual. Irán participa así en un circuito en el que la guerra no sólo consume armamento: también prueba, modifica y devuelve tecnología a la producción.

China

China llega desde una posición distinta. No necesita recuperar una industria abandonada: posee una enorme base manufacturera y tecnológica en expansión, donde construcción naval, aeronáutica, electrónica, automatización, drones y tecnologías espaciales pueden alimentar capacidades militares. Sólo en 2025 produjo 484,280 millones de circuitos integrados y 773,000 robots industriales, 28% más que el año anterior.

A diferencia de Rusia, Ucrania e Irán, China no somete esa capacidad al desgaste de una guerra propia, pero parte de su tecnología ya adquiere experiencia operacional en conflictos reales. Irán tiene acceso al sistema de navegación BeiDou y ha incorporado tecnología china de observación y comunicaciones satelitales utilizada en el conflicto actual. China puede así ampliar y modernizar su capacidad industrial y obtener información sobre el desempeño de tecnologías propias y ajenas en combate sin consumir sus propios inventarios en una guerra directa.

Europa

Europa enfrenta un problema distinto. Después de décadas de producir para ejércitos en tiempos de paz, la guerra en Ucrania reveló que su capacidad industrial no estaba dimensionada para sostener un conflicto prolongado de alta intensidad. Desde 2022 ha comenzado a construir y ampliar fábricas de municiones, recuperar producción estratégica e invertir en los principales cuellos de botella de la cadena, especialmente pólvora y explosivos. Nuevas plantas han entrado en producción y otras están en construcción, mientras la Unión Europea financia proyectos para ampliar la fabricación de municiones y misiles. Europa no transforma su industria bajo el desgaste directo del campo de batalla: intenta reconstruir y ampliar su capacidad a partir de las necesidades que la guerra ha dejado al descubierto.

Estados Unidos

Estados Unidos también está ampliando su industria militar, pero sus propios datos muestran dificultades para hacerlo al ritmo previsto. El Ejército pretendía elevar la producción de proyectiles de 155 mm de 14,000 mensuales en 2022 a 100,000 en octubre de 2025; en marzo de 2026 producía 36,000. Al mismo tiempo, la reposición de algunos misiles e interceptores consumidos en las guerras actuales puede requerir años, mientras Washington abastece distintos escenarios y necesita conservar reservas para una eventual confrontación en Asia.

         Desde dentro del propio aparato militar estadounidense, las advertencias son todavía más severas. La teniente coronel retirada de la Fuerza Aérea Karen Kwiatkowski sostiene que el deterioro de la capacidad militar e industrial es más profundo de lo que muestran las cifras públicas. El coronel retirado Lawrence Wilkerson ha advertido también sobre las limitaciones de la base industrial para sostener guerras prolongadas. Estados Unidos conserva una enorme capacidad militar y tecnológica, pero enfrenta un problema que sus propios especialistas reconocen: determinados sistemas se están consumiendo con mayor rapidez de la que su industria consigue reponerlos.

3. El tiempo de la guerra

Las guerras largas no sólo ponen a prueba los arsenales. También ponen a prueba los sistemas políticos que deben mantenerlos.

Una fábrica puede aumentar turnos, abrir nuevas líneas de producción, contratar trabajadores o recuperar instalaciones abandonadas. Un Estado puede incrementar su presupuesto militar y comprometer recursos para los siguientes 10 o 15 años. Pero ninguna de esas decisiones ocurre fuera de la política. Sostener una guerra exige mantener durante años la decisión de financiarla, abastecerla y asumir sus costos.

Ahí aparece otra diferencia entre las potencias que hoy participan, directa o indirectamente, en los conflictos.

China, Rusia e Irán pueden sostener determinadas líneas estratégicas durante largos periodos bajo estructuras políticas que no están sometidas al mismo mecanismo de alternancia. Las monarquías del Golfo, por su parte, pueden desarrollar proyectos económicos, militares y de infraestructura cuyo horizonte rebasa ampliamente un periodo electoral.

Las democracias occidentales funcionan bajo otra temporalidad. Elecciones, cambios de gobierno, coaliciones parlamentarias y modificaciones presupuestarias pueden alterar las prioridades de seguridad mucho antes de que concluya el ciclo industrial necesario para producir un misil, ampliar una fábrica o reconstruir un arsenal.

La fábrica puede tardar más en construirse que una legislatura.

La contradicción no es nueva. Winston Churchill condujo a Gran Bretaña durante buena parte de la Segunda Guerra Mundial y llegó a 1945 convertido en uno de los símbolos de la victoria aliada. Pero mientras negociaba con Truman y Stalin en Potsdam se celebraron elecciones en su país. Churchill regresó a Londres, perdió el gobierno y Clement Attlee volvió a Potsdam ocupando su lugar. Gran Bretaña seguía siendo la misma potencia, la guerra apenas terminaba y, sin embargo, el hombre sentado en la mesa había cambiado.

Conferencia de Potsdam, julio-agosto de1945

Vietnam mostró otra dimensión del mismo problema. Estados Unidos conservaba una capacidad militar muy superior a la de Vietnam del Norte cuando el costo político, social y humano de la guerra comenzó a modificar las posibilidades de mantenerla. La capacidad para continuar combatiendo y la capacidad política para continuar haciéndolo no son necesariamente la misma cosa.

Además, la guerra desgasta a quienes la conducen. Los jefes de Estado deben responder no sólo por sus resultados militares, sino por las bajas, el gasto, la inflación, el endeudamiento y las consecuencias económicas y sociales que alcanzan a poblaciones situadas a miles de kilómetros del frente. Cuanto más se prolonga el conflicto, más difícil resulta separar la guerra de la política interna.

Eso introduce otra variable en el mantenimiento de las guerras actuales: la continuidad estratégica. Europa y Estados Unidos necesitan que las decisiones tomadas hoy para reconstruir capacidades y reponer inventarios sobrevivan a elecciones, cambios de gobierno, nuevas mayorías parlamentarias y modificaciones en la percepción social de las amenazas.

Y esa diferencia empieza a tener consecuencias fuera de los países que combaten.

Durante décadas, buena parte de la arquitectura internacional de seguridad descansó no sólo sobre la capacidad militar de Estados Unidos, sino sobre la confianza de sus aliados en que esa capacidad estaría disponible cuando fuera necesaria. Pero una alianza militar funciona también sobre una percepción: no basta con que el garante tenga capacidad para intervenir; quienes dependen de él deben creer que decidirá hacerlo.

Finlandia mostró hasta qué punto una modificación en la percepción de seguridad puede transformar una política exterior sostenida durante décadas. La invasión rusa de Ucrania modificó su valoración del riesgo y, con ella, su relación con la OTAN. La amenaza percibida produjo una decisión estratégica antes de materializarse sobre territorio finlandés.

La misma lógica funciona en sentido inverso. Cuando cambia la percepción sobre la capacidad o la voluntad del garante, los aliados también modifican sus decisiones.

Y eso nos devuelve al Golfo Pérsico.

Las petromonarquías no necesitan esperar a comprobar en una guerra futura si Estados Unidos podrá garantizar simultáneamente su seguridad, abastecer a Europa, sostener a Israel y conservar las capacidades necesarias para una eventual confrontación en Asia. Pueden actuar a partir de lo que ya han observado.

La guerra contra Irán mostró los límites de una arquitectura de seguridad que durante décadas había descansado, en buena medida, sobre Estados Unidos. La respuesta regional ya comenzó a tomar forma: nuevos mecanismos de defensa, relaciones militares que no pasan necesariamente por Washington, diversificación de proveedores y una diplomacia que incorpora cada vez más a China y a otras potencias.

Al mismo tiempo cambia el mapa de quienes pueden abastecer una guerra. El proveedor también forma parte de la arquitectura de seguridad.

Elegir quién vende un misil, un dron, un sistema de defensa aérea, un satélite o una tecnología de navegación no significa solamente comprar un arma. Significa construir cadenas de mantenimiento, entrenamiento, refacciones, actualización tecnológica y suministro que pueden durar décadas. Y significa preguntarse si quien las proporciona seguirá dispuesto y será capaz de mantenerlas cuando llegue la siguiente crisis.

Por eso el mantenimiento de la guerra termina siendo también un problema de tiempo.

Tiempo industrial para producir.

Tiempo militar para aprender.

Tiempo económico para financiar.

Y tiempo político para sostener la decisión.

Las guerras actuales están reorganizando los cuatro.

El tablero que comenzó a moverse con la diversificación económica y financiera está alcanzando ahora la seguridad y la industria militar. Los aliados buscan nuevas garantías; los productores amplían capacidades; las tecnologías circulan entre guerras; las rutas comerciales adquieren valor estratégico y las potencias que pueden ofrecer continuidad ocupan espacios que antes parecían reservados.

El mantenimiento de la guerra ya no depende únicamente de quién posee el arsenal más grande.

Depende también de quién puede reponerlo, quién puede transformarlo mientras combate, quién puede financiarlo y, sobre todo, quién puede sostener durante el tiempo necesario la decisión política de hacerlo.

Pero las dos guerras que atraviesan este ensayo no avanzan al mismo ritmo. Ucrania lleva años transformando su industria, sus fuerzas armadas, sus relaciones políticas y su lugar dentro de la arquitectura de seguridad europea. La guerra contra Irán transcurre en otro tiempo. Sus efectos aparecen desfasados, aunque cada vez con mayor frecuencia los procesos que nacen en un conflicto alcanzan al otro: tecnologías, proveedores, inventarios, alianzas y nuevas formas de entender la seguridad.

Ese desfase permite observar algo más. Ucrania lleva más tiempo dentro de la guerra y, por lo tanto, también más tiempo dentro de las transformaciones que produce.

Hacia allá regresaremos.

FUENTES Y MATERIALES DE CONSULTA

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Associated Press. “Drone Debris Found in Ukraine Indicates Russia Is Using New Technology from Iran.” 2025.

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Ministry of Defence of Ukraine. “Anna Gvozdiar: Cooperation with Allies and Localization of Production Are Key to a Strong Ukrainian Defense Industry.” December 19, 2025.

National Bureau of Statistics of China. “Statistical Communiqué of the People’s Republic of China on the 2025 National Economic and Social Development.” February 28, 2026.

Office of Inspector General, U.S. Department of War. “Evaluation of the DoW’s Capability and Capacity to Produce 155-Millimeter Artillery Ammunition.” July 2026.

People’s Republic of China, Ministry of Foreign Affairs. “Joint Trilateral Statement by the People’s Republic of China, the Kingdom of Saudi Arabia, and the Islamic Republic of Iran.” March 10, 2023.

Reuters. “Can China Restrain Iran? Gulf States Test Beijing’s Influence.” July 30, 2026.

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Reuters. “Yemen’s Houthis Are Attacking Saudi Arabia from Iraq, Sources Say.” July 30, 2026.

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U.S.-China Economic and Security Review Commission. “China-Iran Fact Sheet: A Short Primer on the Relationship.” 2026.

Mowthorpe, Matthew, Markos Trichas, and Damian Terrill. “The Iranian Use of Space Operations during Epic Fury.” The Space Review, July 13, 2026.

MATERIAL GRÁFICO

Harry S. Truman Presidential Library & Museum. Winston Churchill, Harry S. Truman y Joseph Stalin durante la Conferencia de Potsdam. Potsdam, Alemania, julio de 1945. Fotografía. Harry S. Truman Presidential Library & Museum.

Harry S. Truman Presidential Library & Museum. Clement Attlee, Harry S. Truman y Joseph Stalin durante la Conferencia de Potsdam. Potsdam, Alemania, agosto de 1945. Fotografía. Harry S. Truman Presidential Library & Museum.

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