
Entreguerras es una serie de ensayos que observa los procesos de redistribución del poder que ocurren mientras la atención pública está concentrada en los conflictos armados. Entreguerras nace de la observación de los fenómenos que se suceden entre los dos enfrentamientos bélicos que hoy concentran buena parte de la atención internacional. Por un lado, de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán; por el otro, la guerra entre la OTAN, la Unión Europea y Ucrania frente a Rusia.
El espíritu que guía este trabajo es observar la diversidad de cambios económicos, energéticos, tecnológicos, financieros y geopolíticos que comienzan a surgir alrededor de ambos conflictos y que, desde mi perspectiva, merecen ser examinados con mayor atención, debido a que la presencia de nuevos factores y la manera en que se potencian o neutralizan entre sí, parece capaz de desplazar los centros de gravedad que hasta hace poco regían un modelo geopolítico de decisiones más o menos conocido.
Notas sobre infografías y material gráfico
Las infografías y visualizaciones que acompañan esta serie fueron elaboradas específicamente para la investigación Entreguerras. No constituyen reproducciones de gráficos existentes, sino representaciones analíticas construidas a partir de la integración, organización e interpretación de la información contenida en las fuentes documentales citadas a lo largo del texto.
Su propósito es facilitar la comprensión de relaciones, procesos y tendencias que, aunque documentados en las fuentes originales, no suelen presentarse de manera integrada. Cada infografía forma parte del marco analítico de esta investigación y debe leerse como un recurso complementario al desarrollo argumental del ensayo.
Las fuentes utilizadas para la elaboración de cada visualización se encuentran referidas en el cuerpo del texto y serán incorporadas, al final de cada entrega, en la sección Fuentes y materiales de consulta.
Enlace a la primera entrega:
Enlace a la segunda entrega:
Soberanía
Si las petromonarquías del Golfo han comenzado a diversificar sus interlocutores, ampliar sus márgenes de maniobra y distribuir sus relaciones entre distintos espacios de cooperación, entonces aparece una pregunta distinta. ¿Cómo se aprende a convivir con grandes potencias sin quedar completamente subordinado a ellas? ¿Existen experiencias acumuladas capaces de ofrecer algunas pistas sobre ese problema?
Responder esa pregunta exige algo más que describir acontecimientos. Requiere conocer cómo algunos Estados han modificado los instrumentos con los que administran su soberanía conforme cambia el entorno geopolítico. Por esa razón, antes de analizar ese fenómeno, resulta útil crear un modelo explicativo que nos permita entender cómo se construye la soberanía.
Finlandia es uno de los casos más útiles para desarrollar ese modelo. Su experiencia permite seguir la transformación de la soberanía de un mismo Estado a medida que cambia el entorno geopolítico. También permite entender cómo un país pasó de una política de neutralidad a formar parte de una alianza militar. Por esa razón, comenzaremos desentrañando el caso finlandés.
1. El nuevo entorno geopolítico
La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, la guerra entre la OTAN, la Unión Europea y Ucrania frente a Rusia, la confrontación cada vez más abierta entre Estados Unidos y China y la creciente participación de nuevos actores regionales han modificado profundamente el funcionamiento del sistema internacional. El orden surgido tras el final de la Guerra Fría ya no opera bajo los mismos supuestos. La estabilidad que durante décadas descansó en la existencia de bloques relativamente definidos ha dado paso a un escenario mucho más complejo, caracterizado por la dispersión de centros de poder, la fragmentación de las cadenas de suministro y la aparición de nuevas formas de administrar la seguridad nacional.
En este nuevo entorno, la soberanía deja de entenderse únicamente como un principio jurídico asociado al territorio, a la defensa de las fronteras y al control de la política interior. Adquiere un carácter esencialmente dinámico en una época particularmente inestable. También implica la capacidad del Estado para redefinirse continuamente de acuerdo con las circunstancias que lo rodean.
Esa diferencia resulta fundamental. Frente a condiciones geográficas semejantes, los Estados pueden desarrollar respuestas institucionales completamente distintas para preservar su autonomía de decisión.
2. Finlandia: la soberanía como construcción institucional
La Segunda Guerra Mundial modificó de manera permanente la relación entre Finlandia y la Unión Soviética. El Tratado de Paz de París de 1947 confirmó las nuevas condiciones territoriales derivadas del conflicto. Finlandia cedió a la Unión Soviética cerca del 10 % de su territorio nacional, incluida su única salida al océano Ártico. La nueva frontera quedó establecida en 1,340 km y, con ligeras modificaciones, conserva hasta hoy el mismo trazado, convirtiéndose en la frontera más extensa entre la antigua Unión Soviética y un país europeo.
Sin embargo, la respuesta finlandesa no consistió únicamente en aceptar una nueva delimitación territorial. A partir de la posguerra, el Estado comenzó a construir un conjunto de instituciones para administrar una condición geográfica: compartir una larga frontera con la principal potencia militar de su entorno. Ese mismo proceso quedó acompañado por una política de neutralidad, consolidada mediante el Tratado de Amistad, Cooperación y Asistencia Mutua suscrito con la Unión Soviética en 1948. La neutralidad no fue una renuncia a la soberanía, sino el instrumento mediante el cual Finlandia decidió preservarla como parte del equilibrio estratégico.
Ese mismo año, el Estado finlandés dio un paso más. En lugar de limitarse a administrar una frontera física, creó por ley la Border Zone (Rajavyöhyke), una jurisdicción especial diseñada específicamente para gobernar el espacio fronterizo. Con ello, Finlandia convirtió un accidente geográfico en una institución permanente. La frontera dejó de ser únicamente una línea sobre el mapa y pasó a convertirse en un espacio sometido a un régimen jurídico propio, desde el cual el Estado organizó la vigilancia, reguló el acceso, estableció restricciones específicas y desarrolló una administración diferenciada de su relación con Rusia.
La Border Zone puede alcanzar hasta 3 km de ancho en tierra y 4 km en áreas marítimas, abarcando cerca de 4,020 km², equivalentes al 1.2 % del territorio nacional. Dentro de ese espacio, el Estado regula el acceso y la permanencia, somete determinadas actividades a autorización, amplía las facultades de vigilancia de la Guardia de Fronteras y establece restricciones específicas al ejercicio del derecho de propiedad cuando puedan afectar la seguridad fronteriza. No se trata simplemente de una franja vigilada; constituye un espacio jurídico construido para administrarse de manera permanente.
La legislación evolucionó con el paso de las décadas. En 2005, la normativa original fue incorporada a la Border Guard Act, que conservó la Border Zone y actualizó las facultades de la Guardia de Fronteras conforme cambiaban las condiciones de seguridad. Lo relevante no fue únicamente la permanencia de la institución, sino la continuidad de la lógica que la sustentaba: Finlandia modificó la manera en que el Estado administraba esa frontera.
Lo verdaderamente significativo es la forma cómo evolucionaron los instrumentos jurídicos mediante los cuales se ejerce la soberanía. Desde el inicio de la posguerra, el Estado finlandés comenzó a demostrar que la soberanía no es una condición estática, sino una construcción institucional capaz de transformarse conforme cambian las exigencias del entorno internacional.
3. De la neutralidad al no alineamiento militar
Durante casi cinco décadas, Finlandia administró su seguridad mediante una política de neutralidad. Esa neutralidad era una respuesta forjada a partir de una experiencia histórica concreta: la pérdida territorial sufrida durante la Segunda Guerra Mundial, la permanencia de una extensa frontera con la Unión Soviética y la necesidad de preservar la capacidad de decisión del Estado sin convertirse en un punto de confrontación entre las dos grandes potencias de la Guerra Fría.
Finlandia reconocía las condiciones estratégicas impuestas por su vecindad, pero mantenía su sistema político, su economía y sus instituciones dentro de una esfera propia. La neutralidad funcionó así como un instrumento de soberanía: no eliminaba la presión derivada de la cercanía soviética, pero permitía administrarla sin quedar incorporada formalmente a la estructura militar de ninguno de los bloques.
Esa política fue eficaz mientras el sistema internacional conservó la arquitectura que le había dado origen. Sin embargo, la desaparición de la Unión Soviética, el final de la Guerra Fría y el proceso de integración europea modificaron el entorno.
En 1995, Finlandia ingresó a la Unión Europea. La incorporación al bloque europeo implicó asumir compromisos comunes en materia de comercio, política exterior, cooperación institucional y seguridad. A partir de ese momento, Finlandia ya no podía presentarse como un Estado neutral en el sentido tradicional, porque formaba parte de una comunidad política que establecía posiciones compartidas frente a diversos asuntos internacionales.
Sin embargo, el ingreso a la Unión Europea no trasladó automáticamente la política de defensa finlandesa a una jurisdicción supranacional ni incorporó al país a una alianza militar con obligaciones de defensa colectiva. Entonces, acuña el concepto de no alineamiento militar que le permitió integrarse a la Unión Europea sin ceder a una estructura supranacional la decisión final sobre su defensa.
El no alineamiento militar se convirtió así en la segunda gran transformación institucional mediante la cual Finlandia administró su condición geográfica y geopolítica simultáneamente. La Border Zone había convertido una frontera física en un espacio jurídico permanente. El no alineamiento militar convirtió una posición geopolítica heredada de la Guerra Fría en una política adaptable a la nueva arquitectura europea.
Durante los años siguientes, Finlandia pudo sostener simultáneamente su pertenencia a la Unión Europea, su cooperación con los países occidentales, sus relaciones con Rusia y el control nacional sobre su política de defensa. Esa combinación no eliminó las tensiones, pero permitió administrarlas ante el nuevo desafío.
4. Las Líneas Rojas de seguridad
La transformación de la política de seguridad finlandesa no ocurrió de manera aislada. Mientras Finlandia redefinía su posición dentro de Europa, comenzaba a desarrollarse una disputa más amplia sobre la arquitectura de seguridad surgida después de la Guerra Fría y sobre los límites de la expansión militar occidental hacia el este.
Durante las negociaciones que siguieron a la caída del Muro de Berlín, la reunificación alemana planteó una cuestión central: bajo qué condiciones una Alemania reunificada podría permanecer dentro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. En ese contexto, diversos dirigentes occidentales, entre ellos James Baker, Hans-Dietrich Genscher, Helmut Kohl y John Major, transmitieron a Mijaíl Gorbachov que la permanencia de Alemania dentro de la OTAN no sería utilizada para extender la jurisdicción militar de la Alianza hacia el este.
Esos compromisos quedaron registrados en memorandos, conversaciones diplomáticas y declaraciones públicas, pero no fueron incorporados a un tratado que estableciera obligaciones jurídicas para las partes. La diferencia entre un compromiso político y una garantía jurídicamente vinculante no produjo consecuencias inmediatas mientras la relación entre Rusia y Occidente mantuvo un margen de cooperación. Sin embargo, adquirió una importancia creciente conforme la OTAN comenzó a incorporar a los países que habían formado parte del antiguo espacio de influencia soviético.
En 1999, Polonia, Hungría y la República Checa ingresaron a la Alianza. En 2004 fueron incorporadas Estonia, Letonia, Lituania, Eslovaquia, Eslovenia, Rumania y Bulgaria. Posteriormente ingresaron Albania y Croacia en 2009, Montenegro en 2017 y Macedonia del Norte en 2020.
La incorporación de Estonia, Letonia y Lituania tuvo una importancia particular. No se trataba solamente de antiguos integrantes del bloque socialista, sino de que estaban situadas directamente junto a territorio ruso. Su ingreso a la OTAN aproximó la jurisdicción militar de la Alianza a espacios que Rusia consideraba esenciales para su propia seguridad.
Las objeciones rusas no se limitaron a la pertenencia formal de esos países a la organización. Moscú señaló de manera reiterada la posibilidad de que la ampliación fuera acompañada por bases, sistemas de armas, infraestructura logística, ejercicios militares y capacidades occidentales cada vez más próximas a sus fronteras. Desde esa perspectiva, la expansión de la OTAN no constituía una modificación abstracta del equilibrio europeo, sino una transformación material del entorno estratégico inmediato de Rusia.
Durante años, Vladimir Putin y Serguéi Lavrov sostuvieron que ese proceso estaba traspasando las Líneas Rojas de seguridad rusas. El concepto no aludía a una sola frontera ni a un único sistema de armas. Designaba el punto a partir del cual la expansión de la infraestructura militar occidental sería considerada por Rusia como una amenaza directa a su seguridad nacional.
Sin embargo, las posiciones de ambos lados descansaban sobre principios incompatibles. Los países de Europa oriental defendían su derecho soberano a elegir sus alianzas. Estados Unidos y la OTAN sostenían que ningún tercer país podía imponer límites a esas decisiones. Rusia afirmaba que la soberanía de un Estado no podía ejercerse mediante la instalación de capacidades militares capaces de alterar de manera directa la seguridad de otro.
El desacuerdo no era solamente político. También era jurídico. Las promesas formuladas durante las negociaciones de la reunificación alemana no habían sido incorporadas a un documento vinculante. Para los gobiernos occidentales, esa ausencia significaba que no existía una prohibición jurídica contra la ampliación de la OTAN. Para Rusia, demostraba que los compromisos verbales podían ser reinterpretados o abandonados conforme cambiara la correlación de fuerzas.
A medida que avanzó la expansión de la Alianza, Moscú dejó de considerar suficientes las declaraciones diplomáticas y comenzó a exigir garantías jurídicas vinculantes. Rusia ya no solicitaba únicamente que Occidente reconociera sus objeciones, sino que aceptara incorporarlas a documentos capaces de establecer límites concretos al despliegue y a la ampliación militar.
En diciembre de 2021, esa exigencia adquirió forma documental. Rusia presentó a Estados Unidos y a la OTAN dos proyectos de acuerdos sobre Garantías de Seguridad: el Proyecto de Tratado entre la Federación de Rusia y los Estados Unidos de América sobre Garantías de Seguridad y el Proyecto de Acuerdo sobre Medidas para Garantizar la Seguridad de la Federación de Rusia y los Estados miembros de la OTAN.
Los proyectos buscaban convertir las Líneas Rojas rusas en obligaciones jurídicas. Entre sus objetivos se encontraba impedir nuevas ampliaciones de la OTAN hacia el este, limitar el despliegue de determinados sistemas militares y establecer restricciones a las actividades capaces de alterar el equilibrio estratégico en las proximidades del territorio ruso.
La presentación de ambos documentos marcó un cambio de etapa. Las objeciones acumuladas durante más de dos décadas dejaron de expresarse únicamente mediante discursos, conferencias de prensa y negociaciones diplomáticas. Rusia colocó sobre la mesa una propuesta formal destinada a redefinir la arquitectura de seguridad europea.
Para Finlandia, esta disputa tenía una importancia inmediata. El país había construido su política de no alineamiento militar bajo el supuesto de que podía mantener su autonomía de decisión, cooperar con Occidente y conservar una relación funcional con Rusia sin quedar atrapado dentro de una confrontación militar entre ambos. La creciente disputa sobre las Líneas Rojas comenzaba a erosionar precisamente las condiciones que habían hecho posible ese equilibrio.
Mientras la confrontación permaneció dentro del terreno diplomático, Finlandia pudo conservar el instrumento diseñado en 1997. Pero si las objeciones rusas dejaban de ser administradas mediante negociaciones y se transformaban en una confrontación militar abierta, el no alineamiento tendría que ser evaluado frente a un entorno para el cual no había sido concebido.
5. De Minsk al ingreso en la OTAN
La disputa sobre las Líneas Rojas de seguridad dejó de ser una discusión general sobre la expansión de la OTAN cuando Ucrania se convirtió en el espacio donde comenzaron a converger las distintas tensiones acumuladas desde el final de la Guerra Fría.
A finales de 2013, el presidente ucraniano Víktor Yanukóvich suspendió la firma del Acuerdo de Asociación con la Unión Europea, considerado un paso en la aproximación política y económica de Ucrania al bloque occidental. La decisión provocó una ola de protestas conocida como Euromaidán, que se prolongó durante varios meses y terminó con la salida de Yanukóvich, en febrero de 2014.
Las interpretaciones sobre aquellos acontecimientos fueron incompatibles desde el principio. Las nuevas autoridades ucranianas los presentaron como una transición constitucional producida por la movilización social. Rusia atribuyó el cambio de gobierno a la intervención extranjera y lo calificó como un golpe de Estado mediante el cual Occidente modificaba la orientación estratégica de Ucrania.
Al mismo tiempo, Rusia tomó el control de Crimea y luego, la incorporó jurídicamente a la Federación de Rusia. Con ello consolidó su posición en el mar Negro y aseguró un espacio de importancia estratégica para su proyección naval y militar.
En las regiones de Donetsk y Lugansk, las tensiones entre las nuevas autoridades ucranianas y la población rusoparlante del Donbás se transformaron rápidamente en un conflicto armado. Los ataques sistemáticos contra la población civil intensificaron la confrontación y fortalecieron las demandas separatistas en ambas regiones.
En ese contexto fueron negociados los Acuerdos de Minsk. El Protocolo de Minsk de 2014 abrió una vía de negociación destinada a detener los combates. En 2015, Minsk II, denominado formalmente Paquete de Medidas para la Implementación de los Acuerdos de Minsk, estableció un conjunto de compromisos para alcanzar un alto al fuego y construir una solución política para el Donbás.
Los acuerdos no se limitaban a detener las operaciones militares. También planteaban una reorganización política que debía permitir la reintegración de Donetsk y Lugansk dentro del Estado ucraniano mediante un régimen especial. Su aplicación exigía coordinar medidas militares, jurídicas y constitucionales entre actores que discrepaban sobre el origen del conflicto y sobre el orden en que debían cumplirse los compromisos.
Las negociaciones continuaron mediante el Formato de Normandía, integrado por Rusia, Ucrania, Francia y Alemania. Sin embargo, el proceso avanzó sin resolver las diferencias fundamentales. Ucrania condicionaba las reformas políticas y constitucionales a la recuperación previa del control sobre los territorios y la frontera. Rusia sostenía que los compromisos políticos debían aplicarse antes de que pudiera completarse la reintegración territorial.
Con el paso del tiempo, Moscú dejó de considerar que el incumplimiento de los Acuerdos de Minsk y la expansión de la OTAN fueran dos problemas independientes. Ambos comenzaron a ser interpretados como partes de un mismo proceso: la incorporación progresiva de Ucrania a la estructura política, económica y militar occidental y la transformación de su territorio en un espacio estratégico contrario a los intereses de seguridad rusos.
A finales de 2021, Rusia sostenía simultáneamente que Ucrania debía cumplir los Acuerdos de Minsk, que la OTAN no debía continuar avanzando hacia sus fronteras, que Ucrania no debía incorporarse a la Alianza y que esas condiciones debían quedar establecidas mediante garantías jurídicas vinculantes.
Las dos vías de negociación continuaron abiertas durante las primeras semanas de 2022. En enero, el Formato de Normandía volvió a reunirse en París y reconoció nuevamente los Acuerdos de Minsk como base para resolver el conflicto. En febrero, una nueva reunión celebrada en Berlín terminó sin declaración conjunta ni resolución de las diferencias sobre su aplicación.
Paralelamente, Estados Unidos y la OTAN no aceptaron los proyectos de Garantías de Seguridad presentados por Rusia en diciembre de 2021. Las partes no alcanzaron un acuerdo que permitiera transformar las Líneas Rojas rusas en obligaciones jurídicas reconocidas por el bloque occidental.
La guerra entre Rusia y Ucrania surgió una vez traspasadas las Líneas Rojas de seguridad rusas y del fracaso de ambas vías de negociación: los Acuerdos de Minsk, concebidos para resolver el conflicto del Donbás, y las Garantías de Seguridad, planteadas para redefinir la relación militar entre Rusia, Estados Unidos y la OTAN.
A partir de febrero de 2022, las objeciones rusas al avance de la infraestructura militar occidental hacia sus fronteras dejaron de expresarse únicamente mediante declaraciones, propuestas jurídicas y negociaciones diplomáticas. La disputa entró en el terreno de la guerra y colocó a Finlandia frente a un paradigma completamente distinto.
El no alineamiento militar había sido diseñado para que Finlandia administrara su seguridad dentro del orden europeo en el que la relación con Rusia podía gestionarse mediante instituciones, relaciones comerciales, cooperación fronteriza y equilibrios diplomáticos. Ese instrumento permitía mantener la autonomía de decisión, pero no garantizaba que Finlandia recibiría ayuda militar en caso de ser atacada.
La guerra modificó la evaluación finlandesa sobre el riesgo. El problema ya no consistía únicamente en evitar que el país quedara incorporado a una confrontación entre Rusia y Occidente. A partir de 2022, Finlandia debía considerar la posibilidad de que su posición fuera interpretada como una vulnerabilidad dentro de una confrontación que ya se desarrollaba mediante el uso abierto de la fuerza.
Finlandia concluyó que el no alineamiento militar había sido eficaz bajo el orden anterior, pero que ese orden había dejado de existir. El instrumento ya no ofrecía una respuesta suficiente frente a las nuevas condiciones de seguridad.
El ingreso a la OTAN fue presentado como una decisión soberana mediante la cual Finlandia añadía una garantía de defensa colectiva a su capacidad nacional de defensa. El Estado no abandonó el objetivo que había orientado su política desde la posguerra: conservar la capacidad de decidir cómo administrar su seguridad. Volvió a modificar el instrumento mediante el cual intentaba protegerlo.
En 2023, Finlandia ingresó formalmente a la OTAN.
La decisión cerró un ciclo de casi ocho décadas. Después de la Segunda Guerra Mundial, Finlandia había protegido su soberanía mediante la neutralidad. Tras ingresar a la Unión Europea, sustituyó ese instrumento por el no alineamiento militar. Cuando la guerra alteró la arquitectura de seguridad europea, incorporó la defensa colectiva a su política nacional.
En cada etapa, la transformación fue presentada como una respuesta a las condiciones del entorno. Sin embargo, el ingreso a la OTAN produjo una modificación que trascendió a Finlandia. La frontera ruso-finlandesa dejó de separar a Rusia de un país militarmente no alineado y se convirtió en una nueva frontera directa entre Rusia y la Alianza Atlántica.
Lo que cambió, una vez más, fue el régimen político, jurídico y militar desde el cual ambos Estados comenzaron a administrarla.
Hasta aquí hemos reconstruido la respuesta finlandesa. En la siguiente entrega analizaremos qué ocurrió del otro lado de la frontera y cómo Rusia respondió a la transformación del entorno de seguridad europeo.
Nos vemos en la siguiente entrega.
FUENTES Y MATERIALES DE CONSULTA
Tratados y legislación
• Peace Treaty with Finland (Paris Peace Treaty). París, 10 de febrero de 1947. Finnish Treaty Series / Finlex Treaty Database.
• Treaty of Friendship, Cooperation and Mutual Assistance between Finland and the Soviet Union (FCMA Treaty). Moscú, 6 de abril de 1948. Finnish Treaty Series / Finlex Treaty Database.
• Border Guard Act (578/2005). Finlex – Ministry of Justice of Finland.
• Finnish Border Guard. Border Zone (Rajavyöhyke).
Gobierno de Finlandia
• Ministry for Foreign Affairs of Finland. Report on Finland’s Accession to the North Atlantic Treaty Organization. Helsinki, 2022.
• Finnish Government. Government Proposal on Finland’s Accession to NATO Submitted to Parliament. Helsinki, 2022.
• Finnish Government. Finland’s Accession to the North Atlantic Treaty Organisation.
Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN)
• North Atlantic Treaty Organization. Official Texts.
• North Atlantic Treaty Organization. Protocol to the North Atlantic Treaty on the Accession of the Republic of Finland. Bruselas, 5 de julio de 2022.
• North Atlantic Treaty Organization. Enlargement of NATO. Cronología oficial de las ampliaciones de la Alianza Atlántica.
Seguridad europea y Ucrania
• Organization for Security and Co-operation in Europe (OSCE). Protocol on the Results of Consultations of the Trilateral Contact Group (Minsk Protocol). Minsk, 2014.
• Organization for Security and Co-operation in Europe (OSCE). Memorandum on the Implementation of the Minsk Protocol. Minsk, 2014.
• Organization for Security and Co-operation in Europe (OSCE). Package of Measures for the Implementation of the Minsk Agreements (Minsk II). Minsk, 2015.
• United Nations Security Council. Resolution 2202 (2015). Nueva York, 2015.
Declaraciones oficiales sobre las Líneas Rojas y las Garantías de Seguridad
• Ministry of Foreign Affairs of the Russian Federation. Foreign Ministry Statement on Dialogue with the United States and Other Western Countries Regarding Security Guarantees. Moscú, 10 de diciembre de 2021.
• Ministry of Foreign Affairs of the Russian Federation. Draft Treaty between the United States of America and the Russian Federation on Security Guarantees. Moscú, 17 de diciembre de 2021.
• Ministry of Foreign Affairs of the Russian Federation. Draft Agreement on Measures to Ensure the Security of the Russian Federation and Member States of the North Atlantic Treaty Organization. Moscú, 17 de diciembre de 2021.